EL SASTRE

I.L.Peretz

Víspera de Iom kipur en la sinagoga de Berdichev, al anochecer.Los ancianos concluyeron de enunciar su plegaria y regresaron a sus sitios. El rabino Leivi Itsjoc estaba de pie ante el atril. Tenía que entonar el Kol Nidre.

Todas las miradas estaban fijas en su espalda. Reinaba un silencio profundo en toda la sala; como la calma que precede a la tempestad. El público estaba pendiente de la voz del rabino. Probablemente comenzaría, como solía hacerlo, con un exordio. Haría una discusión previa con Dios; mano a mano.

El rabino callaba. Envuelto en el camisón y el talit, seguía en pie delante del pupitre, y guardaba silencio.

¿Qué significaba aquello?

¿Estarían aún cerrados los portones de entrada de las plegarias al cielo? ¿A esa hora?

Rab Leivi Itsjoc permanecía inmóvil, con la cabeza inclinada hacia un costado, como si escuchara. ¿Estaría tratando de oír el ruido de los cerrojos?

De pronto se dio vuelta y llamo:

– ¡Shames!

El ayudante de la sinagoga acudió corriendo.

– ¿Llego Berel, el sastre? – le pregunto el rabino.

El publico quedo estupefacto.

– No se… – tartamudeo el Shames.

Comenzó a buscarlo con la mirada entre la concurrencia. El rabino hizo lo mismo.

– ¡No! – dijo finalmente-. Se quedo en su casa. Vete a buscarlo. Dile que lo llamo yo, el rabino.

El ayudante salió. Berel vivía cerca, en la misma callejuela de la sinagoga. Al poco rato llego, sin camisón ni talit, vestido con su capote de todos los días, la cara estirada, los ojos entre enojados y asustados. El sastre se aproximo al rabino.

– Usted me llamo, rabino; vine a verlo a usted – dijo, subrayando las últimas palabras.

Rab Leivi Itsjoc sonrió.

– Dime, Berele, ¿a qué se debe que se hable tanto de ti allá arriba? Por todo el dominio celeste resuena constantemente tu nombre. ¿Qué has hecho?

– ¡Aja! – exclamo el sastre con acento triunfal.

– ¿Tienes alguna queja?

– ¡Es claro que sí! – repuso Berel.

– ¿Contra quién?

– ¡Contra Dios!

El público se movió agitado pronto a lanzarse contra el sastre para destrozarlo. Rab Leivi Itsjoc dejo ver una sonrisa más amplia.

– ¿Por qué no me cuentas, Berel, lo que sucede?

– ¡Cómo no, rabino! Se lo voy a contar. Le voy a presentar mi caso. ¿Puedo hablar?

– Habla.

– Me pase todo el verano sin trabajar, sin recibir ni un solo encargo, de nadie, ni de los judíos de la ciudad, ni de los campesinos. Era desesperante…

– Bah… – dijo, incrédulo, el rabino-. Los hijos de Israel son campesinos. Te hubiera confiado…

– No, eso no, rabino. Yo no pido ni recibo favores de ningún hombre. Tengo tanto derecho al favor de Dios como cualquiera. Lo único que hice fue enviar a mi hija a otra ciudad, a servir. Yo me quede en casa, esperando la decisión de Dios.

“Poco antes de Sucot, la Fiesta de las Cabañas, se abrió de pronto la puerta. ¡Por fin! Un cliente. En efecto; era un enviado del terrateniente que me mandaba llamar para revestir una pelliza.”

“¡Muy bien! Dios provee de alimento a sus criaturas. Me trasladé al palacio, donde me llevaron a una salita y me dieron el género y las pieles.”

“¡Hubiera visto que pieles, rabino, que pieles, rabino, que zorros!

Era la hora del Kol Nidre, y el rabino lo apremio.

– Bueno, cosiste la pelliza; cumpliste honestamente tu encargo, ¿Luego, que paso?

– Casi nada es lo que paso: sobraron tres pieles.

– ¿Te las llevaste?

– No tan fácilmente, rabino. En el portón del palacio hay un guardián receloso que revisa a todos los que salen. Hay que sacarse hasta las botas. Y si a uno le encuentran algo… El terrateniente tiene perros, y tiene látigos…

– Pues bien, ¿qué hiciste?

– Yo no soy un cualquiera. ¡Soy Berel, el sastre! Me fui a la cocina, rabino, y pedí que me dieran un pan, para llevármelo.

– ¿Pan no kasher, Berel?

– ¡No era para comerlo, rabino, Dios me libre! Me dieron un pan enorme. Volví al cuarto de costura, abrí el pan, le saque la miga, la amase con las manos, hasta que se empapo de sudor, y tire la masa al perro que estaba en el cuarto. A los perros les gusta el sudor de los hombres. Luego metí las tres pieles dentro del pan ahuecado, y salí.

“Al llegar al portón me detuvo el guardián.”

“- ¿Que llevas ahí, judío, bajo el brazo?”

“- Un pan – dije, y se lo mostré.

“Me dejo pasar, y en cuanto me aleje un poco, apreté el paso, tomando, no por el camino, sino a campo traviesa, por los matorrales. Caminaba alegremente, casi bailando. ¡Qué pieles! Me alcanzaría para una cidra, una rama de palmera….

“De pronto sentí que me temblaba la tierra bajo los pies. Inmediatamente reconocí el temblor. Detrás de mi venia corriendo un caballo. ¡Me perseguían! Se me corto la leche que había mamado después de nacer. Habrán contado las pieles, pensé. Como primera medida, arroje el pan entre las malezas, y deje una señal para reconocer el sitio. Luego me detuve, aguardando a que llegara el jinete. Al rato:

“- ¡Berco! – gritaron-. ¡Eh, Berco!

“Era el cosaco del terrateniente. Le conocía la voz. Por dentro temblaba, rabino, se lo aseguro. El alma se me había ido a los tobillos. Pero Berel no se acobarda así nomas. Me di vuelta, poniendo cara de inocente.”

“Fue un susto sin motivo me había olvidado de coserle el colgador a la pelliza. El cosaco me hizo subir al caballo y me llevo de vuelta al palacio. Dando gracias a Dios por mi salvación, cosí el colgador, y partí de nuevo. Llegue al lugar donde había dejado la señal: ¡Ni huellas del pan!”

“No era época de cosecha. Por aquel campo no pasaba nunca un alma. Ningún pájaro del mundo podría levantar ese peso. Comprendí en seguida quien había sido…

– ¿Quien? – pregunto Rab Leivi Itsjoc.

– ¡El! – replico el sastre, señalando con el dedo hacia arriba-. ¡Dios! Fue cosa de Él, rabino. ¿Y sabe por qué? El gran señor del universo no quiere que yo, su siervo, Berel el sastre, hurte los sobrantes…

– Es claro – repuso Rab Leivi Itsjoc amablemente -, dice la ley…

– ¡La ley, la ley! Bien sabe Dios que la costumbre cambia las leyes. Y yo no invente eso de los sobrantes. ¡Es una costumbre que viene de muy antiguo!

– Además – prosiguió argumentando el sastre-, si Dios es un señor tan grande y tan altivo, y no quiere que Berel el sastre, el más humilde de sus siervos, hurte sobrantes, ¡Pues, que le de trabajo, como hacen todos los señores! ¡Pero Él no quiere darme ni una cosa ni la otra! Por lo tanto, no quiero rendirle culto. He hecho un voto: ¡No le rezo más!

Los asistentes a la sinagoga dejaron oír un sordo bramido. Varios brazos se alzaron en dirección al sastre. El rabino los detuvo.

– ¡Silencio!

El público se aquieto.

– ¿Y luego, Berel? – pregunto el rabino suavemente.

– ¡Nada! – replico Berel-. Volví a casa y no me lave; comí sin lavarme. Mi mujer quiso que le contara que pasaba, ¡le descargue un sopapo! Me acosté sin pronunciar las oraciones. Los labios quisieron moverse para decirlas, pero los apreté con los dientes. A la mañana siguiente no dije las bendiciones, ni rece, ni me puse el talit ni las filacterias. Grite a mi mujer “¡Dame de comer!”. Salió corriendo de casa y se fue a la aldea, a la casa de su padre, el arrendatario de la posada. Me quede sin esposa. ¡Mejor! Ella es una mujer débil. Es preferible que no intervenga en esto. Yo seguí con lo mío. No instale la Sucá. No traje la cidra. Nada de ramas de palmera. Los días de fiesta no dije la bendición del vino. En Simjat Tora hice lo que Mardoqueo después del decreto, me puse una bolsa en la cabeza.

“En la epoca de las slijot me sentí un poco triste, abatido. El shames llamo a la puerta y a mí me llamaba el corazón. Pero yo soy Berel el sastre. Soy un hombre de palabra. Me tape la cabeza. ¡Aguante! ¡No fui! Llego la fiesta de Rosh Hashaná, ¡yo no me moví! Cuando soplaron el shofar, me tape los oídos con algodón. Sufro, siento repugnancia de mi mismo. Ando sucio. Tengo un espejito en la pared: lo di vuelta, no quiero verme la cara. Todo el mundo fue a la procesión.”

El sastre se interrumpió, hizo una pausa y volvió a decir impetuosamente:

– ¡Pero yo tengo razón, rabino! ¡Y no voy a ceder sin alguna compensación!

Leivi Itsjoc quedo un instante pensativo.

– ¿Y qué es lo que quieres, Berel? – pregunto luego – ¿Sustento?

Berel se ofendió.

– ¡Sustento de mezquindad! ¡Sustento me hubiera dado antes! Por otra parte, todo el mundo tiene derecho al sustento. El pájaro del aire, el gusano de la tierra… El sustento es lo corriente. ¡Ahora quiero algo más!

– Di, Berele, ¿Que quieres?

Berel hizo una pausa.

– En Iom Kipur – dijo luego- quedan perdonados los pecados cometidos por el hombre contra Dios, ¿verdad, rabino?

– Verdad.

– ¿Y los pecados cometidos por el hombre contra el hombre?

– No.

Berel se irguió como un poste, y dijo con voz alta y firme:

– Pues bien; yo, Berel el sastre, no me rendiré, no volveré al servicio del señor hasta que Dios no perdone este año, por mi, esos pecados también. ¿Tengo razón, rabino?

– Tienes razón – respondió Rab Leivi Itsjoc, y no cedas. Tendrán que aceptar tus condiciones.

El rabino se volvió hacia el aron hakodesh, miro hacia arriba, inclino la cabeza a un costado, escucho un instante, y luego informo:

– ¡Lo conseguiste, Berel! Vete a buscar el camisón y el talit.

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