Amelia llega tarde a la comida de Rosh Hashaná (Relato para el mes de Elul)

por May Samra

Amelia, hermana de siete hermanas y niña de trece años y grandes ojos, fue sacada de una infancia paupérrima por un hombre mayor, quien la vio un día en su ventana, se prendió de ella y la llevó a su casa. Allí, le puso un anillo al dedo y ante dos testigos, le declaró “Estás consagrada para mí por la Ley de Moisés y de Israel”. Acto seguido, mandó a avisar a sus padres que su hija había sido desposada y que no pedía dote, detalle que causó la felicidad de sus progenitores.

Así, legalmente casada, fue violada la primera noche y las subsecuentes noches de su vida. Nunca conoció su propia anatomía femenina; no supo lo que era el placer ni sospechó su existencia. Sus largos días fueron dedicados al servicio al Hombre, Esposo, Hijo, Yerno o Nieto; y adiestró a Hijas, Nueras y Nietas a que siguieran su ejemplo.

Su labor era gratuita y por lo tanto poco apreciada. Su tiempo era propiedad del hogar: era normal verla pasar una noche en vela pelando alcachofas o media hora separando una madeja de tallarines que se habían pegado en la cocción. El Marido se jactaba de que había fungido, incluso, de enfermera cuando los padres de él sufrieron los embates de la vejez y quedaron confinados a su cama: relataba cómo, sin una sola queja, acudía ella a alimentarlos, limpiarlos y atender sus dolencias, a pesar del mal humor de los ancianos. Otro motivo de orgullo del Marido era que, cuando ocurría una riña y sin importar el motivo o el culpable de la misma, ella era siempre quien venía a pedir perdón, cargando la charola del café turco.

Las comidas, en casa del Marido, eran legendarias, por la variedad y el sazón de los platillos, así como por las ollas inagotables que saciaban a todo el clan, pero también a otros veinte comensales más; así que invitados y gorrones siempre rodeaban la mesa permitiendo al Patriarca ejercer una hospitalidad bíblica.

En un día de Rosh Hashaná, año nuevo judío, Amelia cumplió treinta años de matrimonio. La familia entera se dirigió desde temprano a la sinagoga, emperifollada, con peinados altos y bajos, para sentarse juntos y escuchar el rezo. A la salida, todos se dirigieron hacia la casa del Marido, ahora Patriarca, en pequeños grupos. Al llegar, Le besaron la mano. Él, sentado en Su sillón, los bendijo. A todos, menos a Amelia, quien no había vuelto con las Nueras, ni con las Hijas y mucho menos con el Marido.

Pasaron los minutos, y luego dos dolorosas horas, en las que Amelia seguía ausente de su propia casa, algo que jamás había sucedido. Se envió a uno de los niños a buscarla, pero volvió diciendo que la sinagoga estaba cerrada y no la había visto en los alrededores. La familia, en grupo de tres, y hasta los gorrones, que siempre asistían a las comilonas, rastrearon las ocho calles que separan a la casa del Marido de la sinagoga, sin resultado: Amelia simplemente se había evaporado de la faz de la tierra, ajena a la comida de Año Nuevo, ajena a los deseos y necesidades de su Marido, ajena sus invitados, ajena al kidush, bendición que se pronuncia antes de la comida, ajena a todo lo fundamental en su vida. Era extraño, inconcebible, que Amelia no estuviera allí, revisando el alineamiento correcto de los platos que había puesto antes de ir a la sinagoga, la frescura de la hierbabuena y el berro que adornaban la mesa, la pimienta del guiso de carne con papas, el último caldo de la ternera en el horno, y la puntualidad y decencia de la Amelia-nieta, la más pequeña del clan.

Alguien habló de un secuestro, pero fue callado por decenas de “D-os no lo permita” . Se contaron chistes y anécdotas de los niños para aligerar la espera, pero nadie se explicaba a dónde había desaparecido Amelia, vestida con su traje de fiesta y sus únicos zapatos de tacón bajo. Su ausencia desestabilizaba el Patriarcado entero. El Marido, aparentemente plácido tras sus lentes de concha nácar, se había quedado sin el más abyectamente fiel de sus súbditos.

Amelia llegó finalmente, un poco despeinada, con un cuento bizarro acerca de cómo se había quedado encerrada en la sinagoga, con instrucciones de no salir hasta que se le indicara. Por supuesto, el Marido no se tragó la historia, pero ella no desmentía su versión y repetía, una y otra vez, los mismos detalles absurdos. El hecho de que su mujer se tomara, sin permiso suyo, dos horas de libertad, exasperó sobremanera al Marido, el cual empezó a insultarle ante las Hijas y las Nueras, detalle insólito, pues el status de Suegra era casi sagrado en la familia, y contaba con una especie de inmunidad diplomática que, en público, incluía al Patriarca.

Nadie acudió a su defensa: ella había educado a todos a temer al Marido y no contradecirlo, así que, por inercia, todos formaron un bloque hermético que la miraba, incrédulo y acusador.

Amelia, lapidada por las invectivas, atónita de tanta humillación, corrió hacia la mezuzá pegada al marco de la puerta, se prendió de ella y gritó: “Juro por este día que, muy pronto, llegará el momento en que llamarás “Amelia” pero nadie responderá, y , por lo que acabas de hacer, estarás solo hasta el día de tu muerte”.

El Marido, sorprendido, decidió hacer caso omiso de esta primera rebeldía, y se dirigió hacia la mesa. Ella tomó su lugar a su izquierda, en un silencio total.Ese día, la comida inició dos horas más tarde.

Diez días después, los mismos se reunieron alrededor de la mesa, para disfrutar la comida que precede al ayuno de Yom Kipur. La concurrencia estaba a punto de terminar el banquete , cuando el Marido partió un huevo duro que Amelia acababa de pelar. La exclamación del Patriarca hizo que todos los presentes se callaran de pronto. En el silencio, vieron su cara, enrojecida por el terror, y el brazo que enarbolaba un medio huevo cuya yema estaba de un rojo vivo, y cuya clara aparecía atravesada por venas coloradas, como un ojo sangriento. El huevo, vuelto hacia la familia, parecía una acusación o una maldición. El Marido miró a Amelia con una ira incontenible, y ella bajó los ojos, aceptando su culpa y su sentencia. El Marido lanzó el alimento al plato, gritando que ya no quería comer, pues su esposa lo estaba envenenando. Fue imitado por los demás, quienes interrumpieron su comida por solidaridad, menos los gorrones: se apresuraron a terminar su plato antes de dejar la mesa.

El marido, sentado en Su sillón, se encerró en un mutismo impenetrable. Los Hijos le suplicaban que se alimentara antes del ayuno, pues no hacerlo podía afectar su salud. Las Nueras intentaban convencerlo con mimos y palabrería.

En la cocina, Amelia estaba sentada en su banco, ausente. Los Hijos le suplicaron que fuera a pedir perdón al Patriarca, pero ella simplemente negó con la cabeza, hasta que ellos se alejaron, dejándola tranquila.

Amelia vivió el silencio por primera vez en su vida. En su mano, el huevo latía, liso y sangriento como el ojo de Abel: ella lo miraba y el ojo le devolvía la mirada, mostrándole su sangre virginal, la sangre de sus muchas vejaciones, las humillaciones sin nombre, las manos ajadas por la servidumbre y la ingratitud, y el dolor, el dolor que se le metía ahora hasta los huesos, dolor de coito y de partos, dolor de habérsele negado la libertad y dolor de ver caminar a sus hijas por este mismo sendero, como muchas de las hijas del Hombre.

Se habló mucho, ese día y los siguientes, del misterio del huevo. Se mencionaron las maldiciones que, dos días antes, una limosnera había gritado cuando se le negaron unos centavos. Otros recordaron que una pariente lejana, famosa por su ojo maligno, visitó la casa esta semana. Miradas de sospecha, y una que otra pregunta, fueron lanzadas hacia la sirvienta, quien les recordó que, por desconfianza y por costumbre, Amelia preparaba los alimentos con sus propias manos y no le permitía tocarlos siquiera. Quienes gustaban de la acción pronta, solicitaron la llegada de un rabino. Éste mató a un gallo junto al árbol del patio, como Kapará, para que su sangre, absorta por el lodo, redimiera los pecados y evitara las desgracias que el huevo había presagiado.

Todo fue inútil: Amelia murió este mismo año, de cáncer de hueso, sin jamás revelar el secreto de aquella tarde funesta: por las prisas, ella había puesto a cocer el huevo en la misma olla que las betarragas.

Fuente: Enlace Judío

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