La Batalla Ganada contra las mentiras

“¡Deberías avergonzarte! Un niño de nueve años diciendo mentiras. Sabes que no es verdad, ¿por qué lo dices?”. Esta era una frase que Avigdor escuchaba a menudo,
porque mentía con frecuencia.

Ahora bien. Avigdor no quería dañar a nadie cuando mentía. Sólo daba rienda suelta a su imaginación y antes de darse cuenta de lo que decía, le brotaba una exageración tonta o
hasta una mentira, sin tener ningún motivo. Esto se había convertido en un mal
hábito, que ya era parte de su personalidad, como su nariz o su boca; no puede
uno desprenderse de una nariz fea si la tiene y Avigdor pensaba que no podía
dejar de mentir aunque tratara, pero sus padres y sus maestros muchas veces lo
retaban. “Recuerda Avigdor, que antes de hablar eres dueño de tus palabras, pero luego de haberlas dicho ellas se adueñan de ti. Así
que antes de hablar, piensa”.

Cuando comenzó el nuevo período de clases en el jéder, Avigdor llegó
con una sarta de cuentos y aventuras que según él, le había ocurrido durante
las vacaciones de verano; pero todo el mundo sabía que eran producto de su
imaginación. Era el primer día de Elul y al comenzar el estudio, el maestro llamó la atención de los niños sobre la importancia y solemnidad de la época. Hizo notar que esos días,eran los más propicios para arrepentirse de los malos hábitos, aunque es
posible hacerlo durante todo el año.

El maestro no sólo se dirigía a Avigdor, pero al igual que a los otros
muchchos de la clase, Avigdor pensó que se refería a él en particular. Sabía
que no tenía que ir a buscar muy lejos, ni “cavar” muy hondo para
desenterrar sus malos hábitos. Estos eran más que evidentes, pero lo
enfrentaban descaradamente, lo desafiaban: Sabes que soy una cosa fea, pero aquí
estoy y aquí me quedaré. ¿Qué crees que puedes hacer al respecto?

Pues bien, Avigdor decidió aceptar el desafío, no dejaría que lo tomaran por un tonto. ¡Basta! La batalla había comenzado.

“Ya se lo que haré -pensó-comenzaré anotando cada exageración o mentira que diga durante el día”.

Avigdor mantuvo su palabra.
Cuidadosamente tomó nota en su pequeño diario cada vez que su hábito se
apoderaba de él. Al finalizar la semana revisó el diario, pero al pasar las páginas
lo invadió una sensación de desaliento que lo hizo estremecer. Casi no había
pasado un día sin que dijera al menos diez mentiras, alardeara cinco veces y se
burlara en tres ocaciones de los demás; aunque sin duda esas cifras
representaban ya una gran mejoría, todavía eran demasiado.

“Volveré a probar -resolvió Avigdor-, mi segunda línea de defensa será un silencio absoluto, si es necesario, por lo menos durante un día. Sí, el Shabbat próximo mantendré
mi boca limpia todo el día”.

Avigdor se vigiló durante todo el Shabbat. Sólo una vez se olvidó de sí mismo pero inmediatamente se corrigió: “Pero he exagerado. Perdóname”, se sonrojó.

Era la primera vez que Avigdor se sonrojaba al decir una mentira e instintivamente sintió que era un buen signo. Sin embargo se sintió muy aliviado cuando terminó Shabbat. Había
sido un gran esfuerzo y ahora podía descansar. pero ni bien hubo decidido
hacerlo, se encontró con una posición casi idéntica a la de antes; la semana
siguiente estuvo casi tan llena de fracasos como la anterior. Pero
no exactamente igual: Avigdor ponía más cuidado en lo que decía, y a menudo
se ponía colorado, cuando no podía cumplir sus buenas intenciones.

Una vez encontrándose con sus amiguitos vio que ellos se intercambiaban ideas sobre cuántos capítulos de Tehilim habían recitado desde que empezé el nuevo año. Avigdor dijo:¡Bah!
Esto no es nada, yo voy en la mitad del libro por segunda vez. Los
muchachos lo miraron con asombro y Avigdor se puso rojo. Se
dio cuenta de no sólo estaba alardeando, sino que al mismo tiempo decía una
mentira ridícula. ¡Qué rotundo fracaso!, pensó. Sin embargo no estaba listo
todavía para rendirse.

Avigdor trató con ahinco de sobreponerse a su mal hábito, pero todavía no estaba seguro de sí mismo. Sabía que el “lado malo” dentro de él, le estaba tratando de hacer creer
que ya había ganado la gran batalla para que disminuyera sus esfuerzos. Pues
bien, esta vez estaba dispuesto a pelear hasta el fin, hasta que estuviera
completamente seguro.

Por fin llegó Shabbat, Avigdor oró fervientemente, oró a D’s para que perdonara todas sus faltas, pero más que nada su mal hábito de mentir, alardear y menospreciar a sus
amigos.

Rezó durante toda la mañana, hasta que su padre lo llevó a casa a comer, pues no había tomado el desayuno.

Al volver por la tarde al Bet HaKneset (sinagoga) para Minjá, Avigdor se dio cuenta que tenía ganas de orar más que nunca.

Momentos antes de ‘Arbit, la oración final del día, se anunció un pequeño receso, durante el cual la mayoría de las personas permanecieron en el Bet HaKneset. Avigdor prefirió
salir para tomar un poco de aire. En el patio se encontró con un grupo de
muchachos discutiéndo acaloradamente, quiso evitarlo y volverse pero ellos lo
notaron y le hicieron señas para que se acercara. Los encontró discutiendo
sobre quién había ayunado más en el último Yom Kippur; algunos encogían sus
estómagos para dar más fuerza a sus argumentos y decir que estaban más flacos
que hace un mes, antes de ayunar.

Entonces todos se dirigieron a Avigdor. ¡Ah! Antes de Yom Kippur, nos dijiste que ayunarías todo el día.
¿Lo hiciste?

Avigdor se encontró entre la espada y la pared, sintió que la batalla se libraba de él en ese instante; si decía la verdad los muchachos se iban a reír de su palabrerío, si mentía,
sabía que nunca ganaría la batalla.

Vamos, Avigdor, dí la verdad. Lo urgieron los muchachos. Avigdor los miró fijo y les dijo: Muchachos, ayuné todo lo que pude; después de todo tengo solamente nueve años, lamento no haber cumplido mi deseo; de cualquier modo están perdiendo el tiempo
discutiendo tonterías, mejor vayamonos al Bet HaKneset, Ma’arib está por
empezar.

Avigdor esperaba que los muchachos se echaran a reír, pero no lo
hicieron. Escucharon en su voz un dejo de sinceridad que impresionó a sus jóvenes corazones y sin decir nada siguieron a Avigdor.

Y mientras él recitaba las Berajot finales de la Tefilá, las lágrimas se deslizaban por
su pequeña cara encendida, lágrimas de gratitud a D’s por haberlo ayudado a
ganar su batalla, a triunfar.

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